Durante décadas, más de una veintena de familias de artistas internacionales eligieron una calle de Mislata para vivir, ensayar y preparar sus giras por Europa y América lejos del foco mediático
Hubo una época en la que una calle de Mislata podía parecer el backstage de un espectáculo internacional. Allí vivían acróbatas, malabaristas, payasos, forzudos, domadores y familias enteras que pasaban el año de gira y regresaban en invierno a descansar, ensayar y preparar la siguiente temporada. A pocos minutos de Valencia, aquel rincón acabó ganándose un apodo tan curioso como inolvidable: la Ciudad de los Payasos.

Un refugio de invierno
La historia empezó a tomar forma entre los años veinte y treinta del siglo pasado. Los artistas de circo recorrían España, Europa y América durante buena parte del año, levantando carpas, viajando de ciudad en ciudad y viviendo casi siempre en movimiento. Pero cuando llegaba el invierno necesitaban un lugar al que volver.
Mislata ofrecía justo lo que buscaban: buen clima, terrenos más asequibles que en Valencia capital, cercanía al puerto, conexión con la estación y espacio suficiente para guardar carromatos, lonas, camiones y animales. No era solo un sitio para dormir. Era una base de operaciones.

Con el paso de los años, aquel asentamiento creció hasta convertirse en un fenómeno único. En su momento de mayor esplendor llegaron a vivir en el municipio más de 25 familias vinculadas al mundo del circo. No eran artistas anónimos, sino sagas con nombre propio dentro de la pista.
La calle del circo
El epicentro de aquella Mislata circense estuvo en la actual calle Blasco Ibáñez. Allí se levantaron algunas de las casas más reconocibles de este pequeño universo. La primera gran referencia fue la villa de las Hermanas Sánchez, una construcción que sirvió de llamada para otras familias del gremio.

Después llegaron apellidos como los Díaz, los Riquelme, los Albano o los Plymon. Sus viviendas no eran casas cualquiera. Tenían grandes patios para vehículos de gira, espacios donde guardar material y zonas pensadas para entrenar números de acrobacia o fuerza.

Las fachadas también hablaban. Algunas conservaban iniciales, nombres artísticos o detalles decorativos ligados al espectáculo. Eran casas construidas con orgullo, como si cada una fuera una pequeña carpa convertida en hogar.
Mujeres de pista
Entre todas aquellas historias destacan las Hermanas Sánchez: Lucía, América, Amelia y Rosa. En una época en la que no era habitual ver a mujeres liderar su propio camino profesional, ellas se hicieron un nombre con números de acrobacia, equilibrio y fuerza física.
No solo actuaban. También construyeron patrimonio, levantaron su propia villa y abrieron camino a otras familias del circo. Su historia convierte este barrio en algo más que una curiosidad local: habla de mujeres artistas, empresarias y pioneras mucho antes de que esas palabras fueran habituales.

Otra figura clave fue Franz Ilerich, conocido artísticamente como Markus, malabarista de fuerza nacido en una familia circense italiana. Su vida quedó ligada a Mislata al casarse con Rosa Sánchez y formar parte de aquella gran familia del espectáculo.
Una memoria viva
De ese entorno saldría también Rosita Sánchez, hija de Markus y Rosa, que acabaría convirtiéndose en una figura muy reconocida del Circo Americano, uno de los grandes nombres del circo itinerante en España.
Hoy, sin embargo, aquel paisaje casi ha desaparecido. La calle Blasco Ibáñez ya no muestra el mismo rostro. Muchas villas fueron sustituidas por edificios modernos y otras sobreviven cerradas, tapiadas o en mal estado.

La exposición “Bajo las lonas: Archivo y memoria del circo en Mislata”, comisariada por Maya Monfort, rescata ahora parte de ese pasado con fotografías inéditas, vestuario original y documentos familiares. Entre ellos destaca el diario de Rosa Sánchez, fechado en 1921, una ventana directa a la vida nómada del circo hace más de un siglo.
Porque la gran sorpresa no es que Mislata tuviera un barrio de artistas. La verdadera historia es que, durante décadas, un municipio pegado a Valencia fue el hogar secreto de algunas de las grandes familias del circo. Un lugar donde la magia no solo ocurría bajo la carpa, sino también detrás de las puertas de casa.

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